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Compañero en el tiempo

Año: 
2009

Hola amigxs aqui les dejo uno de los cuentos que llevo escritos hasta ahora. Este no fue escrito hace mucho tiempo y fue producto, entre otras cosas, de la mezcla de emociones que generan fechas tan dolorosas como lo es el 24 de marzo... cuando mi birome comenzo a derramar su tinta para darle vida a este relato este le pertenecia a alguien, no se a quien o tal ves si lo se, pero eso no tiene importancia lo q si tiene importancia es que hoy no le pertence a nadie o mas bien a todos... este cuento es de las madres,de los hijos, de los 30.0000 , de tu tio viki!! de cualquiera que desee sentirlo y quererlo tanto como yo..espero lo disfruten y espero su critica ya que en base a esta podre aprender mas aun por que no hace mucho tiempo que adentre en el violento oficio de escribir como decia walsh. espero su respuesta

COMPAÑERO EN EL TIEMPO
por Solange Castillo

Lo que les voy a relatar no fue hace mucho tiempo atrás, o tal vez sí, tal vez hayan pasado años de esto. Pero el tiempo no pasa si hablamos de amor y más aún si es uno desgarrado por situaciones más allá de nuestro alcance.
Pasa que quien está escribiendo vive el amor de manera tan verdadera e intensa que los recuerdos, imágenes, aromas le quedan incrustados en la psique de tal forma, que los vestigios de ellos perduran y le hacen perder la noción de la realidad medida con la vara del tiempo. Seguramente ya han pasado muchos veranos desde estas reminiscencias, o tal vez no, tal vez jamás haya pasado y es sólo una invención de mi inconsciente. Pero en fin, el tiempo nunca fue algo que me interese demasiado.
Nos conocimos sin preverlo en la casa de unos amigos en común y así también sin darnos cuenta fue nuestro desencuentro.
Comenzamos a hablar como si la noche hubiera estado hecha para que fuera así, sin apuros ni interrupciones. Sentía como si el destino nos hubiera juntado casualmente a propósito, como si alguna fuerza mayor, fuera de los alcances de la razón hubiera planeado que lo conociera. En esas horas aprendí a ver más allá de los ojos. Esos ojos marrones brillantes como botones de nácar, ubicados perfectamente sobre su rostro.
Descubrí lo mucho que teníamos en común. Le gustaba escribir, aún mas leer, escuchaba a Sui Generis… me contó de un valiente periodista al que no vio más por ANCLAr denuncias contra la junta de asesinos. Hablamos de esas viejas locas de pañales de tela en la cabeza que empezaban a rodear la plaza por sus hijos, de resistencias estudiantiles, de esos hijos de puta que nos estaban robando la vida a punta de pistolas, del 6-0 a Perú que no festejamos, de la república que nos estaban perdiendo.
Por ese lapso, Ismael, (así se llamaba él o se sigue llamando) se convirtió en mi compañero, compañero de ideales, de lucha. Esa lucha que se lleva a cabo todos los días desde la escuela, el trabajo, la calle o desde el mismo hogar. Compañero también de travesuras, como esa que nos cargamos graciosamente para escapar de esa casa donde escuchábamos Spinetta y compartíamos cigarros, sin que los que nos rodeaban se dieran cuenta de lo que pasaba.
Su juventud que desbordaba inquieta por medio de cada movimiento al caminar, esas ansias de volar que tenía hicieron que siga recordándolo, y que aún todavía continúe buscando esa barba negra, acompañada de esa sonrisa cordial tan suya en algún encuentro entre amigos, algún tren, bar, colectivo, en la calle…
Después de esa noche jamás volví a verlo, perdí su rastro, mis amigos también, ellos creen que se lo llevaron, yo me resisto a creer eso. De todas formas no me resigno, tendré presente nuestro encuentro siempre, siento todavía la esperanza de cruzarlo y tener la oportunidad de agradecerle por dejarme estar aún con él en los recuerdos, agradecerle por sembrar vida en mí y que hoy la cosecha sea un hermoso muchacho. Nuestro hijo. Con los mismos ojos brillantes, la misma desbordante juventud. Nuestro hijo no conoció a Ismael, pero yo me encargué de hablarle siempre de él, de decirle esas valiosas palabras que me dijo antes de irse por Libertad e Independencia: “que lo importante no era caminar sólo por llegar, si no más bien, por estar siempre en movimiento”
 

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